La Jicara Edelberto Matus IntroArt

SUPERMAN

SUPERMAN
A mi querido hijo Jorge Edelberto en su cumpleaños.

¿Usted era la mujer del carretonero? ¿Era? ¡Soy la mujer de Polo, que así se llama! Pues se llamaba, porque está muerto. El policía, un tipo que a sus chuecas espaldas todo el pueblo le apodaba Igor, hizo un ademán a la mujer, torciendo el mentón de atrás para adelante para que ella lo siguiera calle abajo.

El cadáver de un tipo yacía tendido sobre el pavimento debajo de un pesado camión cargado de plátanos. La campana de frenos del eje delantero estaba incrustada en su pecho, tal vez aplastándole el esternón y las costillas contra los órganos blandos de su caja torácica. No había sangre y a pesar del inmenso dolor que le habría causado el percance, la cara del difunto parecía guardar una sonrisa, un gesto postrero de felicidad. Quién sabe.

El chofer y el ayudante del vehículo aún nerviosos dijeron al policía jorobado la misma versión: Íbamos a descargar donde don Lolo guinellero y al pasar frente al taller de don Luis Soto, de repente un clavo del tamaño de los que le clavaron a Cristo hizo explotar la llanta. El señor carretonero, al ver que no andábamos gata, puso a un lado su carretón de basura y se ofreció a ayudarnos. Nosotros pensamos que el carajo iría a prestar alguna chochada al taller ese, pero cuál es nuestro susto cuando sacó con los dedos pelados las tuercas y la llanta ponchada, se metió debajo, levantó él solito a puro pulso todo el camión. Estábamos como jugados de cegua viendo lo que ni el más tapudo de los jinotepinos del Parque Central podría inventar, cuando de repente el hombre abrió las manos y como por gusto, dejó caer el eje sobre su pecho. Que trastada más rara mi comanche.

Igor el policía, “por cualquier cosa”, enchachó a los dos hombres y junto con la mujer del difunto se los llevó caminando a la delegación policial, posiblemente para que rindieran su declaración con más formalidad. Mientras tanto, el único periodista del pueblo, alertado vía celular por el mismo policía, llegó raudo en su motocicleta a la escena. Tomó algunas fotos, hizo algunas entrevistas y más tarde en su radionoticiero vespertino “Tapazos y verdades”, dijo sin confirmación oficial que el carretonero había muerto- como es usual- por trauma cráneo-encefálico, sufriendo escoriaciones en todo el cuerpo, fricción por quemaduras y que el cadáver presentaba fracturas múltiples con exposición ósea. Sus radioescuchas, ya acostumbrados, dijeron ¡Ah bueno, menos mal! Y aliviados pasaron a oír las noticias del esperado traslado de los renuentes comerciantes al nuevo mercado municipal.

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EL DARÍO DE LA K-36

EL DARÍO DE LA K-36
Con esta verídica narración quiero humildemente y de manera personal, conmemorar los 100 años de la muerte de "nuestro paisano inevitable",el inmenso Rubén Darío.

EL DARÍO DE LA K-36

No recuerda nada de Chinandega, aunque dice haber nacido en esa ciudad de Occidente. Pura casualidad o tal vez una costumbre de la familia: Vivir cerca de los puertos para soñar con tierras lejanas o esperar al ausente amado oteando el horizonte. No cumplía el par de años de vida, cuando su padre, al igual que su abuelo, remontó las olas del traicionero rompiente de Corinto y se hizo a la mar para no volver jamás. Es cierto que el nómada abuelo- el poeta más errante de su época- volvió para morir, pero es como si tampoco hubiera vuelto a su tierra, pues su alma se quedó bajo las sombras de la castellana Sierra de Gredos.

No hay punto de comparación con aquél que en su grandeza vivió la vida más dramática que un genio bienhechor pudo haber sufrido. Su físico, ya agobiado por sus setenta y un años y por una enfermedad en sus rodillas (que desde joven lo hace caminar tambaleante y erráticamente), nada le debe al abuelo que un día fue descrito como “un chico delgado de color de avellana, con nariz aplastada, punto más, punto menos que un indio americano…”. Alto y correoso como sus antepasados abulenses, de tez blanca, la mirada gris del veterano soldado o del que ya nada espera, la voz casi inaudible y una sonrisa que puede ser sonrisa o solo un rictus, una broma de sus músculos faciales, da vida a un rostro alargado (que recuerda a los alabarderos castellanos que cargaron contra los moros en Sevilla o a los aztecas en los accesos de Tenochtitlan), dominado por una prominente nariz y coronado por los restos blanquecinos de los que un día fue una cabellera abundante.

Salvador del Carmen Darío Salgado no disfruta viajar. Es sedentario, conservador, ama a los mismos lugares, los mismos caminos y a los mismos amigos. Su aventura más larga, sin proponérselo, fue como una primitiva emulación a aquél viaje primero que más de medio siglo antes hiciera su entonces imberbe abuelo. Fue un viaje combinado en tren y vapor desde León a Granada, donde no tuvo tiempo de admirar al literaturizado “vieux Momotombo”, pues se enamoró a primera vista y perdidamente de aquella raquítica reunión de titilantes luces llamada Managua que divisó desde el barco(su único gran amor, pues las ninfas y nereidas les fueron esquivas). No es consumidor ni creador de Literatura y la única música que le gusta, es la que se puede conseguir con una moneda en la ranura de una roconola.

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EL PUETA

EL PUETA

EL PUETA

A Tania, mi querida nuera cumpleañera.

Chavalo, ¿Dicen que vos sos pueta? Me preguntó de romplón un hombre bajito y gordo, apodado “El Chulo”. ¿Quién dice eso?, le respondí. Pues la gente. Ahhh! De vez en cuando. El hombrecillo de risible sombrero, prosiguió: Te ofrezco una buena chamba. Bueno, si no es robando y me da tiempo de estudiar, pues le entro doncito, concluí yo. Oquéi, Salimos a las calles del pueblo los jueves, viernes y sábados por las tardes y el domingo todo el día, junto con mi gigantona, mi enano cabezón y mi vaquita. Te pondré una máscara de cedazo, un gorro de picos y vestido de arlequín, el mismo traje que usan los diablitos de Santiago pues. Recitaras coplas tuyas, diciendo a los clientes cosas según su apariencia, así que si son gordos o flacos, guapos o feos, negros o blancos, trompudos o churepos, ricos o palmados, algo les tenés que decir. El asunto es que después de cada baile tu arte motive a la gente a echar en mi sombrero algunas monedas ¡Y si son billetes, mejor! Es fácil, no tiene ciencia papito. ¿Oquéi?

Por la mañana, después de hacer los mandados de mi casa, me esforcé en escribir algunas coplas, recordando a Manrique y a Transitillo Mora, difunto juglar jinotepino. Por la tarde, ya en la calle, al ver a un señor obeso que destacaba entre los mirones abrazado a una delgada y alta mujer, casi cantando (al son del redoble, pito y tambor) solté ufano mis primeras rimas:

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“LAS MESERAS NO AMAN A NADIE”

“LAS MESERAS NO AMAN A NADIE”

¡Qué amores, ni qué amores! Moteles de a ciento cincuenta, cuartuchos hediondos a berrinche de bolos; esquinas y zaguanes oscuros, el asiento del pasajero con la puerta abierta del vehículo, urinarios de bares, los dinteles a media luz de las casas, los matorrales y bancas de los parques sin vigilancia y tantos lugares impensables para hacer el amor o simplemente revolcarse como nutrias en celo. No es proeza conquistar a una mujer que ejerce su oficio: Dejarse conquistar cada noche, no importa si por el mismo cliente o por otro. Pero yo sí creía que podía volar por los antros de los barrios más peligrosos de Managua como lo haría, en los tejados medievales de Sevilla, Don Juan o Giacomo Casanova, penetrando sigiloso a los aposentos de las cortesanas de Venecia.

Durante el día sufría la lentitud del tiempo en mi decadente librería de libros de hojas amarillentas y estantes lánguidos, solo redituable gracias a la venta al detalle de papel legal timbrado que vendía a abogados y querellantes. Por la tarde sufría el calvario callado de un hogar sin hijos y una mujer atenta y aburrida, a la que solo me unía un papel, la casa y la tristeza común de sabernos una pareja infeliz.

Pero la noche era otra cosa. Bluyín, camiseta a rallas con la diminuta figura de un cuajipal verde bordada a un lado del pecho, zapatos también de marca, gelatina olorosa en mi escaso cabello y un generoso esprayazo de “pino silvestre”. Tres tarjetas de crédito y un par de billetes de quinientos pesos, dos de doscientos y cuatro de a cien, más un paquetito de condones aseguraban el éxito a mi aventura. Mi anticuado carro ya conocía – como mula de hacienda- todos los metederos y destinos de su dueño: La calle de los ceviches de Ciudad Jardín, los Ranchones del barrio Los Ángeles, las Sopas del Riguero o Popeye en Larreynaga, las cantinas del Huembes, el Chanchipollo del René Schick, los Rostros de Campo Bruce, la Terminal del Venezuela, la Casa de Alto del Periférico, los Ídolos de la Rotonda, el Gran Mundial del Costa Rica, la Negra Bafana de Bello Horizonte, el Bamboleé del “paisa” en la Pedro Joaquín (el negro que para más señas jugó beisbol con Pedro Selva en Carazo), el Hotelito del San Luis, el karaoke Kilómetro 50 de las Brisas,… Nunca terminaría de contar, pues en Managua hay más negocios de guaro que hidrantes en las aceras a la hora de un incendio.

Esta muchacha era especial (aunque siendo sincero, para mí, esas más de doscientas mujeres que he invitado a cualquier lugar, también lo han sido). Luego de diez horas continuas sirviendo copas y cervezas, bocas y comida a hombres de calaña o educación disímiles, a veces recibiendo propinas, a veces una insinuación obscena, una propuesta indecente (como dice la canción) y el regaño del patrón, la mujer agradece una sonrisa sincera, una gaseosita bien helada, una frase compadecida. Y ahí estaba yo. Pero no era un método, pues no he sido depredador o carroñero por instinto, sino un enamorado clásico, un artista criollo de la conquista romántica.

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¿NICARAL?

¿NICARAL?

En el verano de 1986, me encontraba trabajando en una brigada de construcción del Komsolmol en la Provincia de Kustanay, en el Norte de Kazakstán. Antes estuve en otras regiones asiáticas de la Unión Soviética (Karagandá, Pavlodar, etc.) y después estaría en Siberia, el Lejano Oriente y el Pacifico ruso. Puntos resplandecientes de vida y recuerdos. Por esas extrañas razones que solo tenían sentido en la URSS, fui escogido entre un contingente internacional para volar directamente a Taskent, Capital de la vecina República de Uzbekistán, para asistir a un Congreso de Juventudes comunistas. No creo en la suerte, ni en que los caminos de Alá son misteriosos, pero esa escogencia, como diría mi mama, fue “providencial”. La impecable organización del evento incluía al final del mismo la visita a las ciudades milenarias de Samarcanda y Bujará, horadadas en el pasado por las botas de muchos Imperios. Por encontrarse en direcciones opuestas, se nos ofrecieron dos paseos alternativos. Luego de meditarlo (¡Cómo no visitar Samarcanda, la ciudad más antigua habitada continuamente por el Hombre!), me decanté por visitar Bujará, por un no menos importante detalle: El tour incluía conocer el Mar de Aral.

Pocas maravillas naturales en el mundo (habiendo tantas) me han impresionado tan hondamente como esa enorme masa de agua salada, rodeada por el Desierto y grandes campos de cultivo irrigados artificialmente.

Esa maravilla, simplemente, hoy ya no existe. La estupidez, hija de la ambición humana, es la “variedad” de estupidez más perversa y nociva para el mundo natural y la continuidad de la vida sobre la Tierra. En menos de medio siglo ese gigantesco cuerpo de agua fue desapareciendo (amputados sus vasos de recarga y mal administrado el recurso) hasta ser tragado por las dunas y dejar un paisaje desolador y lunar solo interrumpido por los “cadáveres” herrumbrados de lo que fue una potente flota pesquera industrial.

Hoy la Humanidad asiste a un severo cambio de los patrones meteorológicos, ocasionados por un coctel de poderosísimas fuerzas naturales, siderales y terrestres propias del devenir geológico y cósmico, entendido y explicado por científicos y especialistas y…La acción antropogénica, es decir el accionar irracional de la especie más nueva y nociva sobre la faz de la Tierra: Nosotros.

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