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LA HORNILLA por Juan Ramón Falcón

LA HORNILLA por Juan Ramón Falcón

En algunas casas todavía se les puede ver en un relegado cuartito de cocina en el interior, mostrando su energía de fuego, su llama visible y viva, como anunciando que todo está bien, mostrando sus brasas encendidas amontonadas en los extremos de las tres o cuatro rajas de leña, justo debajo de las ventanas del fogón donde se colocan la jarra del café, el comal de las tortillas y la olla de los frijoles.

Ver en la actualidad una hornilla es como abrir una llave que deja salir nuestros recuerdos con toda la dinámica de nuestras vidas de niños, cuando nuestras madres desde muy temprano, eran las primeras en dejar la cama para hacer música con sus manos palmeando la masa del maíz nesquizado, sobre el rústico molendero de madera.

Era sabroso quedarse entre-dormido, haciéndonos los perezosos, escuchando el sonido de las palmas de la mamá mientras el humito del café llegaba como un animalito con alas y nos invitaba a levantarnos de la cama. Cuando lo hacíamos, ya estaba lista la tortilla con cuajada, los huevitos y frijoles, y el pocillo de café, delicioso desayuno, de nuestra niñez, que aún hoy quisiéramos encontrarlo siempre en nuestra mesa.

En ocasiones cuando la madrugada todavía era oscura, la hornilla era la más importante fuente de luz en el ambiente de la cocina. Era el relevo o el refuerzo de la luz del candil que  desplazado en importancia parecía mostrar sus celos haciendo bailar la debil llama amarilla para aromatizar con el humo a queroseno el pequeño espacio.  La hornilla también era fuente de calor, pues allí nos juntábamos todos, en los días de diciembre y enero cuando el frío nos invadía completamente y mientras hablábamos, nos quedábamos muy juntos, con los hombros encogidos como queriendo hundir la cabeza en el cuerpo, estirando y frotando las manos frías casi con deseos de acariciar las llamas que se asomaban entre las ventanas de la hornilla. En ese estrecho espacio de la cocina las voces eran alegres y se escuchaban amplificadas, como si quisiéramos mostrar nuestra energía renovada para iniciar con optimismo el nuevo día de trabajo.

La hornilla también anunciaba la llegada de los visitantes queridos. El fuego que salía de la leña, crecía de repente, se alborotaba y hacían unos sonidos como de un viento fuerte y al final, explotaba en un montón de chispitas como las que hacen las candelas romanas en los días de navidad: El fuego está alegre, la leña está tronando, van a venir a visitarnos" decía la mamá muy segura.

Para mantenerla blanquita y limpia había que embarrarla con una mezcla de tierra especial, cal y agua de carburo, después solo bastaba dejarla secar y nuevamente estaba vestida toda de blanco. Pero eso, sólo duraba uno o dos días, porque después su belleza volvía a ser la de siempre, lo blanco desaparecía en el borde de las ventanas y aparecía el negro del hollín. Lindo contraste blanco y negro, que podría hacernos recordar la energía de los ojos y las pestañas de una linda mujer de quien nos enamoramos un día por su mirada.

En la actualidad cuando visito una casa de mi tierra norteña y veo una de estas cocinas y en ella la hornilla como una silenciosa ancianita que descansa, es imposible no  hacer un viajecito a los recuerdos. Ellas son partes de un paisaje que ya no es tan común en estos días y aunque estén allí frente a nosotros, cumpliendo con el uso que tenían en nuestros primeros años, siempre harán falta algunos elementos que fueron hermanitos menores inseparables de nuestra querida hornilla.

Seguramente nos hará falta ver el tapesco, tejido con cabuya y colgando de un mecate amarrado a alguna de las alfajías del techo. Y en el tapesco el guacal alzado para poner algunos alimentos fuera del alcance de los ratones. El mecate antes de llegar al tapesco, atravesaba una botella de vidrio sin fondo y los roedores que bajaban por él, por miedo a resbalar sobre el vidrio, se regresaban  nuevamente al techo, resignados a no poder cruzarlo. En el tapesco se guardaban­­ las tortillas, el pan, las rosquillas, los rosquetes, el queso, la cuajada, la panela de dulce para el pozol y el pinol.

Quizá también ya no veamos, colgando del techo, el garabato hecho de ramas de guayabo con su figura parecida a dos anclas cruzadas en el que guardaban las jícaras chelitas, embrocadas sobre sus ganchos y tampoco estarán las jícaras que le daban un olor y sabor especial al agua y a cualquier refresco que tomáramos en ellas y que habían sido talladas a mano por la más artista de la familia.

Faltarán las ollas enormes conteniendo el agua que se sentía más fresca que la de cualquier refrigerador de nuestras actuales viviendas.

No estarán los comales de barro, como los que hacía mi mamá, ni la piedra negra de moler con su brazo, que servía para martajar el maíz antes de pasarlo por el molino manual que ha sido herencia de madre a hija en cada generación.

Me hará falta ver el molendero grueso de cedro, aserrado con una sierra de mano manejada por dos hombres en el mismo lugar donde creció el árbol antes de derribarlo, un tablón grueso que desde que se convirtió en molendero siempre tuvo la apariencia de recién lavado.

Tampoco estará el tragaluz hecho con reglas que se clavaban de forma cruzada para formar cuadrículas, y que se pintaba de blanco con agua de carburo. Por ese tragaluz también se metía el frío desde noviembre a febrero y se le gritaba un adiós a cualquier vecino que viéramos pasar en frente.

Ya no estarán los horcones y cuartones del techo en-negrecidos por el hollín acumulado por años, ni el guacal que mantenía las tortillas con su calorcito de recién salidas del comal por varias horas.

No podremos ver el brillante y pálido-amarillo-naranja de un par de calabazos colgando de un clavo pegado en alguna parte, puesto allí para resolver esos menesteres. Calabazos sostenidos por un mecate que parecía estrangular más la cintura natural de cada uno de ellos y que el mozo, antes de irse a la huerta lo usaba para ajustarlos a la faja como si fueran cantimploras llenas de agua.

No podré ver los pocillos y platos de peltre, llamados equivocadamente de loza y que se usaban para el pinol con leche o el café y tampoco estará en una de las esquinas, colgada del techo, una cabeza de bananos, amarillando. Ni afuera, el tronco grueso que contenía un enjambre de jicote sostenido del alero de la cocina por mecates, mantenido horizontal y siempre adornado por el vuelo de una enorme cantidad de avispas. Y un arado reposando arrecostado sobre a la pared, esperando la entrada de cada invierno para hacer equipo con una yunta de bueyes en el trabajo de preparar la tierra para la siembra de maíz y frijoles

No estará el horno, redondito, tapado por un bajarete con tejas, también blanqueado con cal y agua de carburo y al lado, la leña arpillada, esperando la horneada de rosquillas, hojaldras, pupusas y rosquetes, y la botella con gas para encender la leña, el mismo gas que servía para curar casi todos los males.

Faltará la piedra rojiza de afilar anclada en un tronco de árbol y otro tronco mostrando machetazos que se hicieron para probar el filo.

Y estará ausente el radio pequeño y chillón cantando en la madrugada la Palomita Guasiruca. Estoy seguro que nos gustaría escucharlo aun si emitiera aquellos sonidos molestos que interrumpían las canciones y que eran producto de la estática de las ondas de radio cuando eran días de tormenta. Esos sonidos serían motivo, para que en la actualidad los médicos especialistas de oídos, hicieran serias recomendaciones.

Y sin duda faltará también el calendario, en una versión abreviada del Almanaque Bristol, mostrando los cambios de luna, los eclipses, las estaciones del año, los solsticios, las horas de marea alta, los días de fiesta y el santoral completo de donde se sacaban los nombres de los recién nacidos, calendario que fuera un regalo navideño de agradecimiento de alguna pulpería del pueblo a los clientes, que de adorno tenía la ilustración de la imagen de algún santo católico y que pasaba colgado en el interior los doce meses del año.

Juan Ramón Falcón

27 de diciembre de 2012.

Masaya Nicaragua.

 

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