La Jicara El Portal del Cuento IntroArt

ELLA NO DIJO QUE SE LLAMABA ILEANA -Cuento-

ELLA-NO-DIJO-QUE-SE-LLAMABA-ILEAN_20170508-023539_1

Aun cuando sus manos no se movieron más de unos centímetros sobre la cintura de ella, él sintió que la recorrió toda en esos pocos segundos. Sólo necesitó de ese instante para lograr eternizar en sus manos, la suavidad de sus curvas y su esbeltez que hasta ese justo momento, habían estado tan distantes para él.

 Desde que la descubrió leyendo sentada, el domingo tres semanas antes, cuando tuvo la suerte de verle asomados los hermosos ojos negros por encima de los versos del poemario con portada azul brillante de Heinrich Heine, él no había podido olvidar el brillo de aquella mirada flotando en el vacío ni un segundo de las 21 noches y 21 días que siguieron. Ella inocente, sin saberlo, durmió tranquila esas tres semanas, hasta ese día cuando distraída caminaba y tropezó en la acera y fue a caer justamente en sus brazos. Fueron tan solo dos o tres segundos, no más de un minuto - medir el tiempo en el amor es tan impreciso - La alzó desde casi el suelo mismo, y quedó salva, segura, protegida, enlazada a él con la mirada y al alcance de un beso. Fue inmediata la sensación de electricidad recorriéndolos. El sólo necesitó de aquel momento para conquistarla, sin que hubiera un plan, ni siquiera en el atrevido e insignificante roce de labios que duró lo mismo que un parpadeo y que se convirtió en el principio y fin de la historia de amor más corta. Un segundo para amarla, un segundo para conquistarla y nada absolutamente nada para perderla. 

La vida es, a veces sólo un sueño y otras una exhalación, que es peor. Ella nunca llego a saber que aquel roce de labios que fue en su vida su más importante beso, la había grabado en él para siempre. Se incorporó rápidamente, y nerviosa se soltó de la presión de aquellas manos. "Te veo mañana en este mismo lugar", tartamudeó ella clavándole los ojos negros y se fue danzando con gracia sobre la acera, envuelta en la sonrisa más hermosa que humano cualquiera haya visto. 

Se fue ella en un sin tiempo, en un sin nada, como si aquel momento no hubiera existido nunca, como si sólo hubiera sido un sueño con un despertar que apenas se recuerda, igual que un adiós en el vacío o un gesto en la más oscura noche. Se fue para siempre. ¡Que Dios no lo quiera!, pensó, percatándose que se sentía liviano como una pluma como si su cuerpo hubiera salido del influjo de la gravedad. "Mañana en este sitio y a esta hora", murmuró sin despegar los labios. 

Y ya no pronunció palabra. Se quedó inmóvil viendo que la esbeltez de las formas amadas, parecían sólo rozar el suelo como vuelo rasante de una radiante mariposa. La gracia de su sonrisa era un halo que la envolvía toda y no pudo dejar de verla hasta que la vio desaparecer al doblar la esquina.

Ella dobló la esquina, iba feliz con el corazón y los sueños en la mano. La sonrisa no se borró jamás del rostro enamorado, ni siquiera cuando el camión se subió a la acera y se vino sobre ella como un monstruo. Pero él ya no estaba allí para verla desaparecer por completo. Para entonces caminaba ya en sentido opuesto, feliz, ensoñado, sintiendo unas ganas enormes de bailar y cantar, distante a muchos metros, entre las decenas de desconocidos que se apresuraban a desalojar la calle para dejar pasar el sonido de sirenas de ambulancias y policías. Él era solamente una agenda marcada con la hora y la fecha del encuentro de mañana. 

El final había llegado como una explosión que lo destruye todo. Ni siquiera hubo tiempo para presentarse. El no dijo, soy Julián y ella no dijo que se llamaba Ileana. 

En un pequeñísimo instante se implantó la indeseada noticia, fotografías alimentando amarillismo en los diarios, gente numerosa alrededor y en las redes los mórbidos comentarios.

Al día siguiente, cuando ya casi completaban las 24 horas, él ya estaba en el sitio, radiante y sonreía. A varios kilómetros de allí, había un paisaje gris bajo la lluvia conformado por un nutrido grupo de personas sin sonrisas. Una señora y tres jóvenes lloraban, lloraban, lloraban, unidos en el abrazo más doloroso que jamás nadie ha visto. Algunos de ellos en silencio, corrieron a proteger sus vestidos negros buscando guarida a contralluvia en los muros de los mausoleos.

Él continuó esperándola en el sitio acordado sin medir el tiempo, moviéndose en pequeños círculos, pareciéndose cada vez más a un loco. Cuando se percató que habían pasado cinco horas se resignó y decidió olvidarla, pero ya no podía, ya no podría olvidarla nunca. Se alejó caminando lento, hundido en la noche, ignorando que ella jamás quiso faltar a la cita. Ah, si tan sólo hubiera sabido que ella lo esperaba, y que estaba sola, más sola que nunca, con su rostro pálido todavía hermoso, y la sonrisa de ayer, rigidizada; esperando, en la noche fría sin estrellas, después de la lluvia, cuando ya todos se habían ido del cementerio y sólo se escuchaba el silencio, en el murmullo que se paseaba entre los árboles.


Juan Ramón Falcón

Masaya, 7 de mayo de 2017

 

UnderC2-Remodelacion2