La Jicara El Portal del Cuento IntroArt

THEO

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 ─Solo necesito encontrarme con el inicio─ dijo, mientras recogía sus recuerdos pasados tratando de armar el puzle de su laberinto. Todo había sido caótico desde el momento que trató de recuperar aquellas líneas perdidas en su memoria. Las palabras como mariposas se escapaban y su mirada parecía vivir un suplicio, su corazón apenas latía por la pesadez del aburrimiento. Se levantó de su escritorio y se dirigió al baño, abrió la llave del lavabo y mojó su rostro; se vio en el espejo, en la profundidad de sus ojos vio a su madre.

Recordó aquella expresión que de niño le murmuraba mientras le contaba cuentos, sus labios se movieron repitiéndola ─en el mundo mágico de las palabras, las historias ya existen, solo hay que descubrirlas─ fue como un viaje en el tiempo. Theo era de esos jóvenes que parecen perdidos, de esos jóvenes que viven de los sueños, de los que se escabullen de la realidad para vivir en mundos paralelos. A sus cortos diecinueve años pretendía ser escritor.

Escribía poemas con crayones de colores en las paredes de su cuarto. En solitario trataba de desprenderse de aquello que le generaba hastío. Sin embargo, las palabras eran como legiones de voces en su interior, desordenadas, todas volaban tormentosas dentro suyo, ahí estaba lo que buscaba insistentemente, su obra maestra en forma de demonios que le torturaban.

Sufría por descubrir la manera, ordenar un libro que estaba oculto en su interior. Quiso descansar de todo, tomó su bolso y una botella de plástico con una mezcla de agua y alcohol. Salió de su apartamento con dirección a ninguna parte, solo quería desprenderse de ese momento.

En el camino siguió pensando en su niñez, los recuerdos con su madre era una escapatoria. Ella tenía el don de contar historias como nadie recordaba sus nueve años. Colocaba su cabeza en las piernas de su progenitora para que se las narrara. Disfrutaba con su imaginación de un cuento en especial; el de un mundo donde había una máquina que era operada por pequeños seres que parecían niños con aire de intelectuales, con trajes de colores y con letras dibujadas en sus bolsillos. Esta máquina creaba palabras para el mundo de los mortales.

Siempre se imaginaba visitando ese mundo, observar como sobre una pantalla mágica aparecían objetos innombrables, extrañas figuras indescifrables y que sin mayor esfuerzo la máquina las decodificaba para anexarlas a grandes diccionarios que eran llevados en carretillas llenas para ser guardadas en una bodega especial. Su madre relataba que las palabras eran suministradas a través de los sueños y siempre culminaba con la expresión ─en el mundo mágico de las palabras, las historias ya existen, solo hay que descubrirlas─

Hacía diez años que su madre había desaparecido en extrañas circunstancias, siempre pensó que lo había abandonado. Esa idea era la raíz de sus locuras; de su ensimismamiento, su contacto con drogas, de su poesía oscura y de su odio a todo aquello cercano al amor.

La soledad era una palabra encarnada en su piel, sus ojos color miel y profundos hipnotizaban a cualquiera. Su cabello largo ocultaba su rostro cuando no quería que le observaran. Trató de entrar a una cafetería, pero se desvió hacia un parque solitario. El viento gemía helado sobre la ciudad, el otoño se había apoderado del frío de sus huesos. El parque era un desierto humano, su alma navegaba casi al borde de la locura, encontró entre las raíces de un castaño una morada para perderse en la obnubilación de sus lamentos internos.

De su bolso tomó la botella, al colocársela en los labios imaginó darle un beso prolongado, un agradable calor dentro de su pecho le hizo sentir a gusto. Luego sacó una cajetilla de cigarrillos; un porro de marihuana se mimetizaba entre todos ellos, a su alrededor solo las ardillas corrían entre tantas hojas de colores vivos que se desprendían para formar una alfombra adornando el pasto.

Encendió el porro, poseía una actitud hedónica como parte de su filosofía de vida, el deleite que le provocaba le era como penetrar a las prostitutas que frecuentaba. Luego tomó uno de sus libros y se refugió en uno de los mundos que lo alejaban de la desahuciada realidad, después pensó en Edgard Allan Poe y sus relatos oscuros, enseguida con Charles Baudelaire y su bohemia inclaudicable en vida y sus flores malditas, para luego terminar con Jim Carroll y su diario de basquetbolista.

De repente, su mar interno desencadenó una tormenta de proporciones bíblicas; palabras que brotaban rabiosas como semillas fértiles en tierras vírgenes, tomó un lápiz y su cuaderno de apuntes de su bolso. Era un momento crucial, un soliloquio poético transformado en llanto.

─ Cómo es posible que tenga que cargar este mal tomado como ideología. Error groso o nacido bajo estrellas en pleno apogeo de destrucción. Quizás tenga que vivir otros miles de vidas, tratando de ordenar esa historia en lo profundo de mi cosmos que me desafía. Escucho una música entre esa serie de nervios coyunturales híper sensibles a la nostalgia. La melancolía es un trago con amargas espumas a ras de una copa de champán; sin embargo, el peor momento es la noche, las sombras de altos cuerpos lánguidos y encorvados con largas extremidades y apariencia siniestra es lo único que acompaña. Además de cobijar con gélidas sábanas, llenar de viento helado el aposento y dormitar acomodando su cabeza junto a la mía─

Para finalizar, respiró hondamente, su mirada era profunda. Viéndose los brazos inquirió:

─ Todas mis venas hinchadas de líquido negro son autopistas en lo profundo de mi cuerpo. Una especie de malogrado cúmulo de partículas atómicas que lo componen, de partículas cargadas de versos y musicalidad acústica. Sí, mi cuerpo es una caja de sonoridad inaudible, donde los sonidos son escuchados únicamente por el ser etéreo que me usa de morada. ¡Oh cuán grande es la locura!, porque quiero asir la miel de lo inconmensurable. Todo ello es el arte de mi esencia y, éste, es mi mal ─


 

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