La Jicara El Portal del Cuento IntroArt

Un cuento que aún habla de sonrisas.

Un cuento que aún habla de sonrisas.

Dedicado a Claro, Movistar, Disnorte-Dissur, alcaldías, ministerios, bancos, etc.

"Buenos días, puede ayudarme?". Mi saludo es casi un ruego y él tipo de recepción ni me contesta.  Sólo levanta las cejas y de su mirada salen cuchillos. Yo hago un esfuerzo por mantener la sonrisa, porque de otra manera es probable que no me atienda.

Es así en todos los sitios. Es increíble cómo cada funcionario, oficinista, secretaria, etc., se esfuerza para mostrarse hostil y hacernos sentir humillados, agredidos,  menospreciados.

"Siéntese" me dice y su voz suena a mando.  Me señala la silla sin verme y al hacerlo me trata como ignorante pues en el salón sólo queda disponible una silla y yo, desde luego, sé que cosa es una silla.

Me siento y espero, y los minutos comienzan a pasar entre las miradas vigilantes e intimidatorias del tipo que me ordenó sentarme.

Y yo pienso: "Pero si yo pago mis cuentas, por qué me tratan así", y me doy cuenta que la mentira más grande es aquella de: "El cliente siempre tiene la razón" El salón está lleno de otros que como yo, esperan en silencio, sentados, vigilados, resignados a perder el día de trabajo.  Y estamos allí, casi por guardar el honor, porque si no lo hiciéramos sería como recibir una cachetada sin reaccionar. El recibo está alterado, igual que yo en este momento, aunque quizá esté más alterado el tipo que me ordenó sentarme.

Pero no me arrepiento de estar aquí, aunque sé que tendré que venir unas tres veces más hasta que el problema con el consumo se aclare. En el monitor que parece colgar del techo, los anuncios de la empresa hablan de lo bonito que es Nicaragua, de la belleza de sus paisajes y sus gentes, y yo siento que todo este sitio está excluido. El rostro de estos empleados es el peor paisaje de Nicaragua. 

¿Por qué en este salón nadie sonríe?  El aire se siente pesado y pareciera que todos somos enemigos.  ¿Será que nadie se ha dado cuenta que sonreír es bueno?

 "El tiempo pasa, nos vamos poniendo viejos" me acuerdo de la canción de Pablo. El desespero me incomoda más que la incómoda silla donde espero,  pero sé que mi turno llegará.  Con lentitud la silla que se vacía, se llena después que el tipo de la recepción da la orden y señala la silla  al recién llegado.  Llega igual que yo y también igual que yo guarda sus sonrisas. "El tiempo pasa, nos vamos haciendo viejos" y por fin el tipo que da las órdenes desde su podio de control, se dirige a mí, indicándome que vaya al escritorio número tres donde debo exponer mi queja.

 Mi sonrisa de nuevo, se va a dar una vuelta hasta donde está la joven del escritorio, y se regresa arrepentida. "No sonreiré más" me prometo. Le explico que cometieron un error al llegarme a cortar el servicio de energía. La joven aún sin sonrisa se ve bonita. Me dice que habrá  solución entre 24 y 48 horas, que espere a que pase el técnico a reconectar. Y la impotencia me produce enojo.  Esta noche dormiré sin abanico, sin luz, con un calor del diablo, asediado por los miles de zancudos. Esta noche el Dengue dormirá conmigo. Y mañana: se jodió la leche del niño y la carne que mi esposa compró ayer en el supermercado.

Pero no todo es malo, gracias a Dios ya estoy fuera de la oficina de reclamos, se  acaba de cerrar la puerta de vidrio y estoy en la calle. El aire caliente es deliciosa caricia en mi rostro. Un adiós como canción se viene desde la bicicleta que pasa a mi lado y al alzar la vista descubro la más bella sonrisa. Mi alegría grita el adiós y no es suficiente, vuela hasta alcanzarla y juega con su pelo unos segundos hasta que se me pierde de vista al doblar la esquina.  Ahora, mi sonrisa se volvió visible y está a mi lado, dando vueltas alrededor mío. 

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© Juan Ramón Falcón

 

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