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QUE ANA NO LEVANTE EL TELÉFONO

Diadelpadre


(Escrito publicado el 23 de junio de 2014, tres meses después que murió mi papá)

He vivido varios 23 de junio, en mi vida, sin darles ninguna importancia. He leído felicitaciones de hijos a su viejo, he escuchado canciones y mensajes grabados en audio y en tarjetas. Y hasta he escuchado de fiestas organizadas por todos para hacerlo sentir contento, o importante.

El viejo se viste de gala y generalmente es el más callado en todo el jolgorio. No siempre se ha logrado arrancarle la sonrisa que todos quisieran. Y su felicidad no es tanto por la fiesta, sino por ver a la familia entera reunida, igual que cuando, ejercía el control sobre cada uno y era el timón de todo el conjunto. Cuando todos eran niños.

Mi papá fue siempre muy sencillo, aunque quizá no tanto como yo creí que era. No era amigo de grandes reuniones y estoy seguro que se sintió incómodo aún en aquellas que se podrían considerar pequeñas.

Y desde el día que comenzó la dispersión de todos, cuando comenzamos, uno a uno, a volvernos independientes, igual que planetas con órbita propia, cada uno alejado de los demás, fueron sólo nuestras voces las que en la distancia nos mantuvieron unidos. Los abrazos escasearon en meses y hasta en años. Y mientras nuestra madre se desvelaba para llenar todos los vacíos, nosotros nos contentábamos sólo con saber que él estaba bien.

El tiempo jamás se detuvo para él, y le llegó la vejez como una pesada carga que le quitó el brillo que le conocimos de joven.

Siempre se conformó con vernos llegar a visitarlo, cada uno por separado. Y lo que ocurría conmigo ocurría también con cada uno de mis hermanos. Al escucharnos llegar, salía de la pequeña casita a orilla del río, abría el portón de tablas grises y nos gritaba a lo norteño: "Ideay amigó", y a continuación con su sonrisa se nos veía con el abrazo.

Siempre inició la conversación diciendo " Y entonces Falcón", como si tuviéramos inconclusa alguna conversación anterior.
No había barreras, y la conversación era como la de dos amigos, sin que él pareciera ser el padre ni yo pareciera ser el hijo. Ya no había conflictos entre nosotros como 30 años atrás. Cuatro horas de conversación podían convertirse en un segundo y si tenía que irme, conmigo se venía la necesidad de que siguiéramos hablando.

No soy amigo de llamadas telefónicas largas, sin embargo, nunca he hablado tanto tiempo continuo, por teléfono, como lo hice con él. Recuerdo que una mañana después de horas hablando, se le agotó la batería a su celular y después de conectarlo, emprendimos de nuevo la conversación.

Pero nunca fui hijo de dar felicitaciones el Dia del Padre, y hoy quisiera que estuviera al otro lado de la línea para decirle esas palabras que nunca las consideré necesarias.

No me hace falta decirle Felicidades, pero las diría si eso sirviera para poder escuchar su voz y asegurarme que me está escuchando. Eso me facilitaría poder imaginar su sonrisa envejecida debajo de sus ojos brillantes, acostado allí en la hamaca en la que solía pasar sus tardes o sentado en su silla de juncos o caminando en el solar entre los frutales, muy cerca del chiquero que en otros tiempos estuvo lleno de chanchos.

En este Dia del Padre, quisiera creer que todo está igual en esa casa, inclusive el murmullo del río cargado de aguas de invierno que siempre me pareció el mejor arrullo disponible a toda hora para descansarme en un pequeño momento de sueño. Quisiera creer que también está allí el perro que desapareció tres días después del funeral. Ana le llevó la acostumbrada comida y él no salió a su encuentro, lo buscó por todas partes, pero no estaba y ningún vecino supo hacia donde se fue.

Quiero pensar que todo sigue invariable en esa casa, aunque sé que no es cierto. Todo igual, con él, llenándolo todo. Él, dueño de todo. Pero ya nada de lo que era suyo, lo es. Ni su cama, ni su televisor pequeño, ni su silla de juncos, ni su hamaca, ni los frutales, ni el portón de tablas grises, ni su teléfono celular, ni su voz, ni su sonrisa.

Pero aun así, hoy 23 de junio, inventaré que él está al otro lado de la línea, y lo llamaré a su teléfono para llenar mi necesidad de platicar al menos tres horas seguidas con él. Pero no estará él, y el celular que fue suyo, lo contestará Ana y entonces hablaré con ella de su ausencia y de cuánto nos hace falta, y tendré la tristeza igual a la que tuve después de escuchar a Julissa con voz callada y triste diciendo que se nos había ido. Yo viajaba a Estelí, veloz sobre la carretera, quería verlo vivo aunque estuviera tendido en aquella cama llena de tubos, monitores y sonidos. La noticia me alejó del mundo y no tuve pensamientos lógicos en un recorrido de varios kilómetros. Cuando volvió mi conciencia detuve el carro y me quedé inmóvil en la orilla de la carretera hasta que empecé a sentirme mejor. Y volví a emprender mi viaje hacia el hospital donde me esperaba la familia que lloraba junto a su cadáver.

Hoy 23 lo llamaré y quizá Ana no levante, ojalá no levante, para pensar que él se ha quedado dormido en la hamaca, o que camina por el solar sin poder escuchar el timbre del teléfono. Quiero soñar hoy que está vivo y que puede moverse, hablar y sonreír.

Que Ana no levante, para poder escuchar el anuncio de su buzón de voz, aunque sea la voz de Anibal y no la de suya la que dice: "Soy Simeón Falcón" seguido del lejano canto de un gallo que se escucha muy triste en la grabación.

Juan Ramón Falcón
Masaya, 23 de junio de 2014.

 

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