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REALITY SHOW PRESIDENCIAL por Juan Ramón Falcón

REALITY SHOW PRESIDENCIAL por Juan Ramón Falcón

¿Quién ganará el debate presidencial? La pasión está desbordada, se respira ansiedad y el ambiente previo me recuerda algo de esa locura colectiva que viven los fanáticos de la NBA, la NFL, MLB, entre temporada.

El triunfo será muy parecido al de un juego de basquetbol, o de futbol o de béisbol. Contendientes en el campo, gente en la gradería y un equipo invisible de propaganda que hace que todo se vea encantador y bonito. No importa la razón sino el espectáculo. Y ganará el mejor, el que esté mejor preparado, el que tenga la mejor escuela.

Y todos sabemos que ganará doña Hilary, no porque sea la más conveniente a los intereses de los ciudadanos estadounidenses, todos sabemos que eso no cuenta, ganará porque ella es la que está mejor preparada para dar el show, porque en ella está logrado la optimización del look. porque de los dos, ella es la político de carrera y porque son los políticos, después de los artistas de Hollywood, los que tienen la mejor escuela de actuación.

Y como en una contienda de simple deporte elevado a rango de ligas mayores, el efecto estimulante del marketing a través de los medios pone a todos con la euforia elevada al máximo, cargados con una ansiedad como la que se percibe en un final de temporadas, o en un Black Friday. La fuerza que los mueve es un grito mudo de ¡Vamos a ganar!. No hay futuro, solo el presente envuelto en emociones.

Y es por eso que al finalizar el reality show, los espectadores no recuerdan nada esencial o lo que recuerdan es casi nada de lo esencialmente importante tratado por los contendientes. Lo que más se recordará, serán las cuestiones más superficiales, como las zancadillas, los golpes bajos, las frases inteligentes para dejar al otro callado, las acusaciones atrevidas, los irrespetos, las vulgaridades.

El análisis del espectador para determinar quién ganó, rara vez implicará preocupación o la visión de futuro. Sus consideraciones serán simples o vacías, casi sin pensarlas. Lo hará acomodado en el sillón frente al televisor y ni se percatará que en su rostro tiene congelada una expresión divertida o quizá de enojo.

Ganará quien haya sido mejor actor, quien haya controlado mejor sus emociones, quien se haya parado más bonito, el que haya sido más agradable con sus gestos, el que haya vestido mejor. Ganará quien haya logrado engañar mejor.

Y los medios hablarán de las diferencias superficiales, harán encuestas como en los concursos de belleza, pedirán a los espectadores que voten por el "ganador", le darán sobrevida al show. Y habrá que esperar a que los jueces mediáticos anuncien al triunfador. Y sin ninguna duda, el fallo será democrático, aunque sea en el sentido más simple y más burdo: la imagen.

Compararán los rostros como en un espectáculo de boxeo, llevarán la suma de los puntos a favor y en contra, rostro cabreado: punto en contra, rostro de encanto, punto a favor. Serán puntos favorables las sonrisas discretas que indican que todo está bajo control, favorables serán las delicaditas sonrisas de triunfo y las burlitas con clase en el momento oportuno. Pero serán puntos en contra las expresiones que indiquen nerviosismo o las que denoten molestia, la inseguridad será doble punto negativo. No deben verse incapaces, ni faltos de creatividad. Por nada del mundo, deben parecer débiles, ah, pero que su fuerza, firmeza o dureza no exceda el límite, nadie quiere a un malvado. Recuérdese que lo que se busca es parecer un dios.

Importan mucho los detalles como: la manera de escuchar al oponente, la expresión y el pose del rostro, ¡Cuidado ir más allá del angulo de la mirada, evítese mirar con el rabillo del ojo!. Que nadie vea un rostro descompuesto, que nadie se dé cuenta que la fingida sonrisa es una máscara para esconder la ira. Los ademanes de los brazos no deben ser tan pronunciados ni tan violentos, sino armoniosos y elegantes como los de un profesional triunfador cantante romántico, al menos que el asunto lo amerite. Cuídense de no dejar que las cámaras capten el rostro enrojecido al extremo por esfuerzo en mantener la compostura.

Las respuestas pueden ser chistosas pero no vulgares. No gana quien ridiculizó más al otro, sino quien le engrandeció más su pequeñez,
Las barras también serán evaluadas. Se medirán las risas grupales más sonoras, la barra más complacida o más complaciente, en cuál de ellas hubo más burlas disimuladas, en que momento y para quien fueron los aplausos de apoyo, y quizá, por qué no, para quién eran los extraños aplausos de desaprobación, y hasta los silencios.

Reality show presidencial esperado con ansias para medir lo superficial, la imagen, lo que en esencia no importa, lo que no mejora las cosas. Debate que muestra cual de los dos está más capacitado para engañar.

Masaya
09 de octubre de 2016

 

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