La Jicara Juan Ramon Falcon IntroArt

Condega: Un pueblo del tamaño de un sueño

Condega: Un pueblo del tamaño de un sueño

Me quedé ido después de ver la vieja foto con tantos personajes de ayer de mi pueblo. En los sesentas, todavía yo era un niño, y hoy los que fuimos niños en ese tiempo, somos mayores de lo que eran los personajes que veo en la foto. Pero nosotros, en el recuerdo, seguimos viéndolos muy mayores. Como si la veneración encontrara razón en la vejez y la vejez fuera una carrera que no para nunca. Y con respeto y cariño nos sentimos adolescentes o niños en este recuerdo, como cuando pasábamos por la acera de sus casas y ellos muy señoriales en sus mecedoras nos sonreían un adiós o quizá, nos miraban con indiferencia o ni siquiera nos miraban. 

El pueblito de pocas calles. Condega reverberaba de sol en las piedras. Y había un silencio de radio transistor National, Sanyo o Philips, de los que se vendían donde Baldovinos, de cuatro o seis baterías, o quizá eléctrico sin que importara que allá por los 60s sólo se podía usar después de las 6 de la noche cuando Lalo Rivas encendía la Planta eléctrica. Aunque a veces Lalo se olvidaba de la planta por el gusto de los tragos y no había ni luz, ni radios que le dieran vida a las casas y calles del pueblo.  Por esas calles andábamos la mayoría de niños vestiditos con telas compradas donde Doña Chon, (nada de ropita importada con marcas caras, no era necesario) calzando zapatos de donde Don Adán y de vez en cuando poniéndonos unos botines elegantitos, de cuero de la Tenería, hechos donde Roger Benavidez.

Y si se requería de ponerse un traje elegante había que ir donde Don Juan Ramón Vizcaya o donde Don Alfonso Zamora  o Alberto Corrales ,y vivir el momento especial cualquiera que ese fuera y eternizarlo con una foto hecha por Juan Ramón Zavala o Alfredito Quintero que vivían a media cuadra uno del otro allí cerquita de la iglesia. 

Era una época sana y muy limpia, donde a veces un muchacho del Bajillo o del Barrio San Luis tenía temor a ir al Barrio de Arriba o al revés, pero no habían desenlaces trágicos porque era solo ganas de fregar, pues en la escuela Nuclear o como se llamó después, Centro Escolar, nos juntábamos sin distingos de ningún tipo y allí en el recreo éramos chavalos de un solo barrio jugando futbol, arriba la pelota, a los vaqueros o en los juegos subibaja, pasamano, deslizadero, que allí en la escuela estaban pegaditos a la casa antigua de Doña Genoveva la que vendía los mantecados envueltos en celofán de color.  Una época que habían más caballos que vehículos en la calle, con montados que se mostraban muy elegantes con un revolver en el cinto lleno de tiros, imitando a los personajes de película que se miraban en el cine Ubau como John Wayne o a Luis Aguilar. Y ese revolver y el fajón de tiros, eran casi adornos nada más, pues pocas veces se escuchó de alguno que lo usara para dispararle a otro cristiano.

Y había que ver los domingos, las caravanas de gente a caballo que venían de las comarcas, a la misa, o a las compras o a divertirse visitando el pueblo, y las parejas enamorándose desde sus monturas elegantes hechas donde un famoso talabartero que desgraciadamente no recuerdo el nombre, o que se encargaban en Estelí.  Las mujeres en esas monturas sentaditas de lado para no parecer hombrejonas, con sus faldotas largas y rara vez con un pantalón, que si lo llevaban puesto era porque estaba casada y sin ninguna duda ese pantalón era uno de los que usaba el marido pues en esa época las mujeres solamente en esas ocasiones usaban pantalones. El pantalón vaquero, marca “Nomar” que se hacía en Managua, solamente algunas mujeres muy atrevidas comenzaron a usarlo allí por 1965, casi al mismo tiempo cuando los jóvenes se dejaban crecer el pelo debajo de los hombros escandalizando a los puritanos y conservadores.  Decenas de caballos amarrados a los troncos junto a la acera en la calle. Y esos troncos habían sido clavados allí, para resolver esos menesteres. Decenas de caballos donde la María García, o donde Julio Pérez allá en el Barrio San Luis, casi por la salida a la Lima de don Tocho, donde estaba el trapiche con delicioso caldo de caña, miel, cachaza, alfeñique y dulce de panela. Habían troncos para esos usos hasta donde mi abuelo Juan Falcón que también tenía su pulpería surtida y era una de las más grandes del barrio. Y en las tardes, el desfile de gente a caballo de nuevo a la inversa.

 Condega era un pueblo pequeño, pero con organización. Había de todo lo necesario. Quizá lo único que no había al principio era un parque, aunque hubiera una plaza sin cercas, circundada con un área de ladrillos para caminar al borde y cruzarla en diagonal haciendo una "X" que acortaba el camino: desde donde Don Adán al Comando o desde donde Don Santiago Baldovinos a Don Juan María. 

Época de los Beatles, con música que invitaba al desorden según los papas de nosotros, música con algo que indicaba que el fin del mundo estaba cerca. Época de la guerra de Vietnam, con fotos en la Prensa en las que se mostraban entre los combatientes a niños de 10 y 11 años defendiéndose del país más poderoso del mundo. Recuerdo la foto de aquella niña vietnamita que corría desnuda seguida de otros niños huyendo de las bombas de Napalm que habían lanzado desde aviones sobre sus hogares en su aldea. “Quema, quema” gritaba la niña que tenía nueve años y que era un poquito menor que yo.  Época de la conquista del espacio y de la llegada a la luna en 1969, cuando Neil Armstrong y Edwin Buzz en el Apolo 11, alunizaron por primera vez y yo pude ver junto a otros chavalos del barrio las imágenes transmitidas en televisión, desde la acera de Don Roger Benavidez que era uno de los poquísimos que tenía un televisor blanco y negro en el pueblo. Desde la acera, amontonados detrás de las persianas, nosotros éramos privilegiados pues, además de poder ver en la pantalla de 24 pulgadas, la luna quieta bajo los pasos en camaralenta de los astronautas, también podíamos imaginarlos como minúsculos puntitos en esa luna de Condega, que se comenzaba a elevar encima del Cerro Grande de la Mesa al otro lado del rio.

Un pueblo con un herrero que si no me equivoco era don Julio Moncada. Con un cine que presentaba películas hechas 20 años antes y que se llenaba de punta a punta.  Que anunciaba sus películas en carteles de 1 y medio metro cuadrado, hechos a mano con letra grande y legible, en rojo o azul y que se colgaban en la esquina del cine dejando bien claro los actores y el precio de la entrada a palco o luneta.  Con un comprador de granos, Don Bartolo Garmendia que tuvo fama por tener más de 50 hijos. Recuerdo que cada año conocía a uno o dos o más que comenzaban a estudiar en la escuela. Yo fui compañero de clases de por lo menos unos diez de ellos. Y esos hijos vivían todos en esa casa allí en el Relleno, organizados todos pues por lo que sé, cada uno tenía una responsabilidad que cumplía al pie de la letra. 

Teníamos un carpintero llamado Polito que era músico y que también hacía trompos y se desplazaba por las calles en un carrito de madera que el mismo se había hecho, seguido de una parvada de chavalos que siempre iban gritando y que le ayudaban, empujándolo. Un carrito como para un niño pues sus piernas pequeñas consecuencia de la Poliomielitis jamás se hicieron adultas y se quedaron dormidas en el tamaño que tenían cuando él sufrió la enfermedad, y con ese tamaño no necesitaban tanto espacio, pero resaltaban  el tamaño de su torax y sus  enormes brazos con los que movía los bordones que clavaba en el suelo con fuerza para impulsarse. Polito era como un personaje de cuento. 

Teníamos el molino de Don Paco Moncada que renqueaba de una de sus piernas y que  era el dueño de la única casa de dos plantas en el pueblo y un molinero llamado Alejandro.

Teníamos los billares de Don Fidel Ubau que se llenaba de jugadores o de curiosos del juego antes de que comenzara la película, y que se quedaba vacío después del último llamado que hacía Don Manuel Ubau desde el enorme parlante cónico de color gris que estaba fijado en lo alto de, una cabina  que vista de afuera parecía un palomero: “Sólo faltan cinco pa las ocho… abréviese, abréviese”  seguido de tres soplidos cortos que se habían vuelto distintivos en la publicidad que se escuchaba hasta el otro lado del río y hasta por el relleno cerca de la Texaco.  Las películas se exhibían los sábados, domingos, martes y jueves, la calle se iluminaba como para una gran fiesta con los bombillos incandescentes de 300 watts allá en la punta del poste en la esquina y bajo los aleros junto al billar. Las piedras pequeñas y lisas, chispeaban a nuestros pasos ligeros sobre la calle de tierra extraordinariamente iluminada.

  Otros billares estaban casi frente al comando de la guardia y eran de Próspero Meza,  que componía canciones aunque nunca escuche alguna que sonara en emisoras de radio de Estelí y mucho menos de Managua. Y otros Billares en El Bajillo, de Don Goyo Hidalgo.

Un pueblo donde hasta 1966 no había ningún televisor hasta que Don Romeo González lo anunció a lo largo y ancho del pueblo con la enorme antena que al principio no se sabía para que servía. Desde entonces otro juego de niños fue subir al cerro de Juan Guillén y contar cada antena de televisión que se levantaban en las casas sobre los tejados, hasta que un día se volvieron como estrellas: imposibles de contar.

En esos días el niño Denis Zavala de siete años, era el único que tenía una bicicleta de niños en el pueblo y con ella recorría cada calle, cruzando las esquinas como un rayo sin preocuparse de ver a los lados. 

Condega con unas fiestas patronales hermosas que comenzaban casi siempre con olor a tierra mojada por la primera lluvia de mayo. “San Isidro Labrador, quita el agua y pon el sol” para poder ir en la procesión con el santo a tuto sobre las calles de tierra alfombradas de aserrín, entre el montón de gente con sombrillas de colores y sombreros. Y la procesión de los animales,  que estaba llena de campesinos de todas las comarcas que traían animales de todo tipo, como ofrenda al santo para agradecer de antemano el buen invierno que comenzaba, y bien se podían ver leones, tigres, tigrillos, dantos, monos, venados, coyotes, guatusas,  serpientes cascabel, enormes e inofensivas boas, conejos, armadillos, pizotes, hermosas lapas y papagayos, periquitos habladores, lagartos y hasta tortugas que encontraban en los ríos. Y aquella enorme procesión recorría las calles principales con la música de los armónicos del pueblo hasta acabar en las improvisadas enramadas en la plaza frente a la iglesia.

Y la plaza estaba rodeada de chinamos con vendedoras de todo el país que andaban como gitanos de pueblo en pueblo vendiendo chicha o fresco de piña o artesanía de Masaya, con ruletas, juegos de dados, tiro al blanco, atrapa la botella con el anillo. Los carruseles de caballitos hermosamente adornado de luces y paisajes coloridos, repleto de chigüines, dando vueltas y vueltas al ritmo de las canciones románticas más modernas.  Recuerdo que allí escuché por primera vez algunas de las canciones más nueva de los Ramblers, Los Music Masters, los Clarks o los Panzers, las escuché inclusive mucho antes que sonaran en Radio Ondas Segovianas o en Radio Pinares.  Y en medio de la algarabía de las fiestas patronales,  estaban allí los fotógrafos, prestos a cualquier hora, con sus cajones que parecían cajas de lustrar zapatos y sus caballitos rígidos con manchitas negras y blancas para los niños, y la gente quedaba quieta frente al fotógrafo que grababa la sonrisa en blanco y negro en un quitar y poner sobre el lente una tapa parecida a las de zepol. Y si alguien quería conocer su destino, había que pedírselo al dueño de los periquitos de la suerte, quien llamaba por su nombre a alguno de los pequeños animalitos que cantaban adentro del pequeño castillo de colores para que viniera a hacer el trabajo, el animalito se salía con mucha gracia y con el pico sacaba una de las centenares de tarjetas ordenadas en los depósitos, se acercaba al hombre, le entregaba la tarjeta y se encerraba de nuevo. El hombre leía: “La suerte del periquito dice que usted se va a sacar la lotería en los próximos días”. 

Un pueblo donde nuestros papás bebían guarón de donde las tres Marías: la María Calderón, la María Guevara y la María Torres, para acompañar  con un trago de guarón de a peso o de dos pesos, una buena sopa de donde doña Cora del Bajillo. Un pueblo con un notario extraño, muy sano, que también era el papa de mi compañero de clases desde primer grado, que se llamaba como él, Mario Solón, donde igual se hacía una carta de venta, un casamiento, un traspaso, y estoy seguro que jamás un divorcio. Un pueblo silencioso y lindo, pequeñito, pequeñito, del tamaño de un sueño.