La Jicara Juan Ramon Falcon IntroArt

Mi trompo de guayacán

 Tenía que ser junio o julio porque recuerdo que desde las primeras horas el cielo se pintó de lluvia y Condega en esos días tiene su propio color. Comenzó a llover desde las nueve de la mañana de forma intermitente y ya por la tarde los charcos en la calle reflejaban el cielo limpísimo que había quedado después de las casi dos horas de la última lluvia. Mario Filomena, Jorge de Doña Antonia y yo nos disponíamos a iniciar una mancha brava con nuestros trompos. Recién acababa de pasar la época de los maules, aquellas chibolas de cristal de diferentes colores que cambiaban de dueño cada vez que finalizaba un juego. Para nosotros los días pasaban lentos entre la mañana entre la Escuela Nuclear y la tarde encerrados viendo las corrientes de agua de lluvia en la orilla de la calle y en los intervalos inventando juegos y jugando los que habíamos aprendido a nuestros escasos diez años.

En nuestra calle la gente se bajaba de los buses que venían de Ocotal o Estelí o Telpaneca y de allí se iban cargando alguna compra hasta sus casas en el barrio San Luis atravesando el caminito que bordeaba el cerro de Juan Guillén .

El sol se había adueñado del cielo y un brillo intenso llenaba todos los rincones obligando a cualquiera a mantener entrecerrados los ojos. El vapor subía por nuestras pantorrillas descubiertas y se nos metía dentro del pantalón chingo lo que hacía sentir más fuerte la sensación de calor.

Alguien dijo que el río no dejaba pasar las camionetas y sólo los jeep de doble se atrevían a hacer la aventura de cruzarlo. Los animadores gritos venían de uno y otro lado y hacían que la otra orilla fuera el gran trofeo que llenaba de orgullo a los atrevidos que al alcanzar su hazaña se exhibían con sonrisas conquistadoras ante las chavalas que habían llegado curiosas a ver el espectáculo. Los paraguas de colores florecían a ambos lados mientras se esperaba a que el río bajara su caudal. La pulpería de Pedro Vílchez le vendía bolis con pan de medio o de real a los que de esta orilla se llenaban de paciencia ante la larga espera.

En esa época todos los chavalos tenían su trompo que variaban de formas y de tamaños. Eran famosos como fabricantes Don Nacho Molenillo que vivía donde Doña Luzmilia y Chombito que vivía en El Bajillo. Cada uno de nosotros tenía su fabricante preferido y era como una marca : "Mi trompo chombito" o "mi nacho molenillo.

Cada barrio tenía un chavalo que era el mejor y de quien se hablaba siempre en las ruedas de juego en todo el pueblo. Chico Ramón de Doña Mancha era temido por la puntería que tenía cuando daba los secos, Caimito podía pegarle al tiro y sacar un trompo de cualquier maleza sin correr ningún peligro y el Chelito era el que hacía malabares, su trompo iba de una lado a otro de la manila, bailando y saltando a su mano y después a la manila y todo eso sin tocar el suelo como si aquel juguete fuera un equilibrista de circo. Había quienes eran buenos cogiéndolos al vuelo, como Chimino que venía del Barrio San Luis. Tiraba el trompo con un movimiento casi vertical y sin dejarlo tocar el suelo lo jalaba y con precisión lo recibía al aire en la uña y el trompo se quedaba bailando dormido, invariable, o cabeceando lento, hasta que casi muriendo, con su índice izquierdo le daba un empujoncito para pasarlo a la mano y mientras equilibraba el cabeceo que se iba aumentando, esperaba hasta el último instante para lanzarlo de panzazo sobre una tapa de milca que salía disparada girando a estrellarse en alguna de las paredes de las casas vecinas.

Cuando las temporadas se juntaban se jugaba trompo apostando maules. Para hacer la ralla, yo buscaba en la calle alguna piedra puntiaguda y en una sola tirada dibujaba un círculo perfecto de diámetro casi igual al ancho de la calle y en el centro uno más pequeño donde poníamos hasta diez chibolas y luego al bote y al miado hasta que las sacábamos de la ralla. En otras ocasiones usábamos las monedas de cinco centavos, las de a real y hasta las de a chelín que se acomodaban igual en el círculo pequeño. Chimino era bueno a esto, lanzaba el trompo y sacaba una de las monedas al tiro, ya esa era de él, y después con la misma bailada en uno o dos botes, otra moneda fuera del círculo, y cuando el trompo se le iba muriendo, ponía su rodilla y su mano izquierda en el suelo, bajaba su rostro hasta casi tocar el suelo, cerraba un ojo, estudiaba cada detalle de la posición y en el mejor ángulo dejaba caer el panzazo del trompo en el borde de la moneda y ésta se convertía en proyectil que saltaba el círculo gigante. Chimino se llenaba las bolsas de monedas y le ganaba hasta los grandes como Pachón que también era bueno y ya estaba viejo.

Los trompos más grandes bailaban haciendo un zumbido que atemorizaba a quienes teníamos los trompos más pequeños. Pero no importaba que el puyón grande le arrancara astillas a las chichimbitas que teníamos. Era común ver en un mismo juego a los grandes trompos junto a los trompos pequeños, aunque todos sabíamos que era atrevido jugar en esas circunstancias y que lo más seguro era salir perdiendo. De vez en cuando alguien salía llorando luego de ver su pequeño trompo a merced de los secos que le imponían los triunfantes trompos gigantes. Y aunque era raro, a veces alguien con un solo tiro clavaba su trompo encima del otro y éste se dividía en dos partes y en todo el pueblo se corría la voz que fulano le había rajado su trompo a zutano y al tiro para hacer más grande la proeza.

De nosotros tres yo era el novato y Mario el profesional, Jorge era bueno pero no tanto. Mario preguntó: "De a cómo vamos" y fue Jorge quien propuso "Vámonos de a machetazo", Mario sonrió, cualquiera que lo conociera sabía que él no tenía nada que perder, así que su respuesta fue la esperada "Dale pues, pero después no estés llorando". Yo no dije nada, el temor que tenía no debía mostrarlo. Si Jorge no hubiera hablado yo hubiera propuesto que fuéramos de cuatro o cinco secos, pero ahora ya era muy tarde, a estas alturas a nadie se le ocurría hacer una contrapropuesta de menor cuantía, eso era cobardía. Las reglas del juego ya estaban definida y había que seguir.

Dos horas antes mi mamá me había dicho "aquí están los dos pesos para que te comprés el tal trompo ese" y yo inmediatamente me fui corriendo hasta el taller de Polito. Polito era el carpintero más conocido del pueblo, y era uno de los que vendía más trompos. Todos el mundo sabía que había sufrido de poliomielitis en su niñez y que tenía unas piernas pequeñas que él se acomodaba como haciendo una trenza y como no podía caminar, el mismo se había construido un carrito de madera con el que se movilizaba por todo el pueblo ayudado por dos bastones que clavaba en el suelo, empujándose con sus fuertes brazos o dejándose llevar por cualquier chavalo del pueblo que corría solícitamente a su encuentro. El día anterior yo había vendido el trompo que tenía. El negrito Julio que vivía en El Bracito me dio cinco reales por él y lo vendí porque aunque yo era buen asedador nunca pude asedarlo y por más que lo intenté mi trompo siempre estuvo teterete.

Eran cuatro cuadras y media hasta llegar al taller de Polito, me fui corriendo saltando los charcos que habían quedado después de la nutrida lluvia que acababa de terminar, corriendo sin parar por la calle de los buses que venían de Telpaneca y de Estelí, corriendo hasta doblar la esquina de El Resting, el motel que compraron los bautistas para convertirlo en iglesia. A la media cuadra estaba la casa de Polito con el piso anaranjado por todo el aserrín regado, llena de tablas, reglas y alguna mesa o cualquier cosa que alguien le había encargado.

En el guacal había unos diez trompos y desde la puerta yo decidí cual sería el mío, era uno pequeño, gordito, con un puyón brillantísimo y bien centrado. Tenía una raya negra que lo circundaba y que bailando debía verse muy bonito. Le pagué los dos córdobas y corrí sin parar de regreso. Cuando doblé la esquina hacia mi casa vi que mi mamá me esperaba desde la acera. Estaba de pie recargada al marco de la puerta con una bonita sonrisa y desde allí me rogó que no bailara mi trompo dentro de la casa. "Me vas a llenar de hoyos el piso hijito" me dijo con una ternura deliciosa, así que la primera vez que lo baile fue en la calle. No fue necesario asedarlo, estaba plumita, tan sedita que cuando lo levanté del suelo mientras bailaba ni se sentía en mi mano.

"No es buena idea ir de a machetazo" esta frasecita no dejaba de darme vueltas en la cabeza. Yo era malo al trompo y sin práctica y Mario Filomena ya tenía fama de ser bueno en las mancha-bravas. Pero ya era tarde para echarse atrás. "Voy a hacer la casa" dije y con una astilla de leña dibujé el pequeño círculo, mientras Jorge con su talón descalzo hacía la mancha entre la maleza que había crecido en una de las orillas de la calle a unos ocho metros de allí. En el tiro a la casa Jorge quedó más alejado del centro, así que el se puso primero.

En la calle abundaban los charcos y en las orillas el monte crecía incontrolable, llenando los cercos con unas flores azules en forma de campana que resaltaban entretejidas entre los alambres de púas. Detrás de las flores, en los patios, la ropa tendida en las cabuyas parecía buscar un poco de sol a través de los claros entre las frondas de los grandes arboles. Mario disparó su trompo sobre el de Jorge y le dio encima exactamente, haciéndolo salir de la casa. "Tengo buen pulso" dijo y sonrió orgulloso mientras daba el primer bote y sin quitarle la vista, lo exhibía bailando en su mano y luego con estilo le daba más y más botes contra el trompo de Jorge. "A veces me da hasta trece" dijo con arrogancia. Mario tenía el trompo más grande, y antes del juego nos había dicho que a él no le gustaba que estuviera sedita, que lo prefería recio. Por fin dejó de bailar. Era mi turno. Mi corazón estaba acelerado y mi respiración agitada pero yo ya estaba listo. Desde antes que Mario tirara y había enrollado la manila con mucho cuidado, y ahora solo tenía que apuntar bien, "Dios quiera que le pegue al tiro" – pensé -, pero que va, mi trompo voló de mis manos y sin bailar se fue directamente a estrellar en la pared de Doña María Pineda.

Jorge se puso feliz, y comenzó a hacer una danza alrededor de su trompo parecía hacerle honores, lo recogió y con una sonrisa burlona me dijo "Ahora ponete", mientras le ponía saliva en el puyón y lo enrollaba cuidadosamente.

Mi trompito de guayacán, nuevecito y recién estrenado, de repente ya no era tan nuevo y estaba lodoso esperando ir de un lado a otro ante los envistes de los trompos de mis amigos. Había que ver los rostros de ellos cuando apuntaban con un ojo cerrado midiendo la distancia, memorizando la longitud de la manila, calculando la fuerza del lanzamiento y la fuerza del jalón para que el trompo aquel diera exactamente encima de la chichimbita.

Mario se afianzó para hacer el tiro, corrió su pie derecho un paso atrás, se impulsó con fuerza y con aguda precisión lanzó su trompo sobre el mío que al recibir el impacto fue a perderse en el monte entre las flores azules, muy cerca de donde Jorge había hecho la mancha. El golpe lo lanzó unos ocho metros arrastrándose por el suelo. "Ahhhhh- gritó Jorge - este maje si tiene buen pulso". Mario aparentó no escuchar la exclamación, recogió su trompo todavía vivo y con él bailando en su mano corrió hasta donde había caído el mío, pero no lo encontró. Lo imaginé lastimado, escondido, protegiéndose debajo de las hojas crecidas. Mario apagó su trompo con la mano y sin decir nada me lanzó su mirada burlona y su sonrisa de triunfo. "Mirémosle el puyonazo" gritó Jorge de nuevo y los dos se pusieron a buscarlo mientras apartaban el monte con sus pies descalzos. Dolía todo: el puyonazo, la sonrisa, la burla, el grito, me dolía mi indefenso y pequeño trompo escondido entre el monte y las flores azules, daba ganas de agarrarlo y protegerlo, correr con él, limpiarlo y pedirle perdón por exponerlo de esa manera, pero no, eso no era bien visto, había que seguir y además ese era el precio que se pagaba por no ser tan bueno o por cometer errores. Jorge lo encontró, lo levantó y lo examinó detenidamente hasta encontrar la huella del clavo en la madera, justamente sobre la raya negra que lo circundaba. "¿Le arranqué estillas?, preguntó Mario. "Casi" contestó Jorge.

Sobre los charcos de la calle habían nubes de sedientas mariposas amarillas y blancas, que parecían turnarse para detener su vuelo en la orilla y tomar el agua estancada que la lluvia había dejado dos horas antes. Un grupo de muchachas jugaban a quién contaba más y reían estruendosamente cada vez que la tarea se hacía imposible debido a la irregular trayectoria en el vuelo de cada una de ellas. La tarde tenía un colorido y un brillo especial, las chispas de sol nos herían los ojos y contrastaban con el rojizo casi imperceptible de la tierra humedecida.

"Sigamos pues" dijo Jorge mientras bailaba su trompo con fuerza y golpeaba el mío al tiro. No era tan bueno como Mario, pero en ese momento parecía un profesional. El golpe lo sacó del monte, lo hizo cruzar la calle de lado a lado y se perdió nuevamente en el monte de la otra orilla. Jorge corrió con su trompo todavía vivo en su mano y le dio el panzazo sin lograr sacarlo. "Baboso lo alejaste de la Mancha – le dijo Mario mientras estiraba su brazo derecho y se daba tiempo para buscar puntería haciendo una línea recta con su ojo izquierdo medio cerrado, su trompo y mi pobre trompo de guayacàn. Tras el tiro, nuevamente mi trompo saltó desde el monte. "Al bote y al miado", cantaba Mario mientras lo golpeaba y movía las nalgas de un lado a otro. Ya para entonces yo sentía que el juego se había hecho largo.

Cada vez que uno de mis amigos enrollaba su trompo yo cruzaba los dedos y procurando que mis labios no se movieran murmuraba "Ahora si va a perder, ahora si va a perder, ahora si va a perder…", como queriendo crear un halo de magia que me ayudara a controlar el juego. Pero mi trompo iba de aquí para allá y de allá para acá recibiendo los puyonazos de uno y de otro, al tiro o al bote. A veces parecía que iban a perder, el trompo muriéndose y a última hora, el último bote y desde largo aquel trompo moribundo se iba volando exactamente a chocar con el mío y mi felicidad se iba tan rápido como vino. Me sentía molesto conmigo mismo, me culpaba por el sacrificio al que había sometido a mi pequeño trompo. A veces parecía estremecerse de dolor se quedaba bailoteando por algún golpe que había recibido. Terrible momento, los gritos y mi silencio, los gestos orgullosos de mis amigos y mi dolor de alma, el brillo jactancioso en sus ojos y en mí el enojo y el orgullo por el suelo, con ganas de ahorcarme con la manila que se había quedado enrollada en mi dedo índice después de mi único tiro.

Mi trompo estaba muy cerca de la mancha "Dale metelo y lo sacás de vuelta" y Mario haciéndole caso con su trompo gigante y con maestría le dio un bote y lo metió en la mancha y con otro lo sacó y no paró de bailar, parecía que tenía vida propia, bailaba y bailaba, cabeceaba se iba de lado sin que su puyón cambiara de lugar. Mario lo levantó la última vez y antes de que se le muriera, zas le dio y lo sacó del monte y lo envió al centro de la calle. Regularmente en este sitio más de uno de los trompos que jugaban fallaban y pasaban a ocupar el lugar del castigado. Esta vez no fue así, no hubo problemas para nada y lo que faltaba era solo hacer el recorrido de regreso a la casa, y eso a mis amigos ya no les preocupaba para nada.

Mis amigos hicieron una ronda más, todo les salió perfecto, en el último bote Mario logró poner mi trompo casi dentro de la casa, había quedado partiendo la ralla de aquel circulito pequeño que yo mismo había hecho. A Jorge solo le haría falta un toquecito, un bote pequeñísimo y ya. Un roce solamente.

Me quedé en silencio, respirando por la boca, ansioso, entre un ir y venir de pensamientos que se enmarañaban y que no detenían el tiempo aunque ese era mi mayor deseo en ese momento. De mi boca salió un murmullo, "Te toca a vos" dije. Pero Jorge no lo hubiera escuchado aunque lo hubiera gritado, estaba muy concentrado, allí en el centro de la calle y no podía fallar. Sólo quedaba ese tiro, la última oportunidad para que mi pequeño juguete se salvara o fuera sacrificado.

Polito apareció por la esquina en su carrito de madera, con sus dos bastones encima de sus piernas inmóviles y pequeñas dispuestas como una trenza, seguido por la risa incontenible de un grupo de chavalos que se apretujaban incómodos para empujar el carro que se desplazaba más rápido que de costumbre. Pasó por el lado de nosotros y Polito nos saludó con un grito sin llegar a percatarse que uno de sus trompos era casi un cadáver.

El toquecito que le dio Jorge fue preciso y mi trompo se acomodó perfectamente, rendido en el pequeño círculo donde había picado y bailado la última vez. Todo fue rápido: el triunfo, la algarabía, los gritos, mi silencio. Mario levantó mi trompo como si fuera su presa y Jorge corrió gritando, liberándose torpemente de su manila que se había enredado en sus pies descalzos "voy a traer el machete, voy a traer el machete".

Yo comencé a caminar hasta mi casa. Polito doblaba en la otra esquina y otros chavalos se juntaron a la caravana de ayuda. El sol casi rosaba la silueta diminuta de los árboles en lo alto del cerro de Marquitos Acevedo y el calor ya no era sofocante como dos horas antes. Entré a mi casa, mi mamá que estaba sentada en una de las sillas forradas con junco en el centro de la casa adivinó mi tristeza, pero no dijo nada. "Tengo hambre" le dije y me sonrió mientras caminaba hacia la cocina. El radio pequeño y ruidoso anunció el último éxito de Enrique Guzmán. Y mientras me acomodaba en la mesa del comedor, impotente, molesto, agotado y sin dejar de pensar en mi trompito de guayacán escuché los golpes fuertes, el sonido metálico y las carcajadas de mis amigos.

Masaya, 20 de julio del 2010.

 

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