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PAPELOTES Y GLOBOS -Juan Ramón Falcón-

PAPELOTES Y GLOBOS  -Juan Ramón Falcón-

En los años 60s y 70s., uno de los juegos de niños, más vistoso, era el de llenar el cielo azul de Condega con papelotes, lechuzas, cometas, barriletes, hechos de papelillo con armazón de carrizo. Un paisaje de cielo lleno de colores en movimiento, como avecitas diferentes unas de otras. "¡Vamos a elevar papelotes!" era el grito de organización y cada uno de los chigüines agarraba el suyo y en grupos, se enrumbaban a la Pila o a la Calle Nueva que eran los lugares más altos, y cuando estábamos allí, a elevarlos,  y a decir: "el mío es mejor" “el mío es más bonito”  "el mío vuela más alto", "no seas cochón, dale más hilo". Y uno le daba hilo de tres y cuatro ovillos, hasta que el papelote se miraba como un puntito de color que casi se perdía en el cielo. "Vení sentilo como jala" y uno sentía la tensión en el hilo y parecía como si tuviera vida, igual que un pescado que se había trabado en el anzuelo y nadaba fuerte para soltarse. 

Pero en el cielo vestido de fiesta siempre había un papelote que se descontrolaba y se enredaba con alguno de los otros, quizá porque había perdido la cola o las aletas o porque el frenillo se le había dañado. El papelote perdía el balance y comenzaba a colear y a dar vueltas y vueltas y vueltas, hasta que arrastraba a otro, y eso armaba el bochinche: "me enredaste mi lechuza", y entonces se soltaba la risería en los otros chavalos, y mientras uno se sentía culpable, el otro se enrojecía de arrecho. O cuando se reventaba el hilo, y el papelote se iba cuchareando, cuchareando por el cielo, de caída, y había que correr varias cuadras desde la Calle Nueva por donde vivía Trucuto para tratar de recuperarlo, y en aquella tarea siempre se venían dos o tres chavalos con el dueño del papelote, corriendo detrás. A todos nos tocó alguna vez: los pies moviéndosenos sin tregua en la carrera, mientras escuchábamos el sonido acelerado del corazón que nos golpeaba por dentro, corriendo tan veloz como podíamos, respirando rápido y profundo, doblando las esquinas, corriendo sin dejar de escucharnos el corazón, respirando más rápido y profundo, sabiendo que cerca del sitio de la caída, otros chavalos también corrían para apropiarse del papelote que, desde casi todo el pueblo podía verse allá en el cielo cuando volaba tranquilo o como ahora que venía a la deriva, cayendo.

Sabíamos que en el pueblo habían dos tipos de niños: los que elevaban papelotes y los que no. Y los que no elevaban permanecían en sus casas con los ojos puestos en el cielo, esparcidos, sin hacer nada más que ver los puntitos de colores en el firmamento, atentos a que uno de esos puntos se cayera. “Se reventó, se reventó” seguramente habían dicho y de inmediato habían comenzado también a correr, todos corriendo, cada uno por separado, sin parar, doblando sus esquinas sin quitarle la vista al papelote que caía, corriendo tal como yo lo hacía, con la respiración acelerada y el corazón golpeándoles por dentro, corriendo como cualquiera que hubiera perdido su papelote en vuelo en el cielo y ansiaba recuperarlo.

Papelote que se reventaba, papelote sin dueño, era el código, por eso cada quien debía correr duro sin quitarle la vista al cuchareo del papelote en lo alto, con la mente al cien, calculando dónde caería.

A veces uno tenía suerte y llegaba antes, y lo encontraba en la calle, o enredado en una línea eléctrica, o en algún árbol en el borde de los solares, y era fácil desencajarlo, pero en ocasiones la tarea del rescate era difícil pues lo encontrábamos enredado en alguna de las poquísima antenas de televisión o en la punta de un árbol gigante dentro de los patios y había que pedir permiso para entrar y subir a lo alto para rescatarlo, y si no, por lo menos hacer el intento, y con una vara larga mover y mover el papelote hasta que nos convencíamos que no se podía desprender y que no quedaba más alternativa que jalar el hilo que se había traído consigo en la caída, para lograr, por lo menos, recuperar un poco de eso, y con un poco de suerte recuperar también el armazón.

En la época de los papelotes, los árboles del pueblo se ponían coloridos con tanta lechuza enredada en las ramas: rojas, verdes, amarillas, azules, naranjas, blancas, café, celeste y hasta negro. Y a veces allá en la cumbre alguno se quedaba escondido y de repente se hacía el milagro: el viento lo desenredaba y solito cogía vuelo. Los chavalos, entonces, nos juntábamos para ver el papelote que bailoteaba allá en la cumbre, dando la impresión que era el árbol que jugaba con él, “o algún ángel” se le ocurrió decir una vez a Jorge ,y todos nos quedamos en silencio, pensando. Hasta los adultos, se salían de las casas escondiendo sus sonrisas, para ver el espectáculo. Pero siempre se recuperaba algo del hilo, y lo enrollábamos en una lata de sardina o en un pedazo pequeño de alguna regla de madera.

  Ah, pero si recuperábamos los restos del papelote, uno se venía feliz, y sin perder tiempo nos íbamos directo a la casa a hacer otro poquito de engrudo con almidón, para pegar nuevamente el papelillo sobre el armazón recuperado, queriéndolo como a un animalito herido que se debía curar poniéndole colores, cambiándole la forma, matizando la cola y las aletas para que se mirara más hermoso, poniéndole el frenillo cuidadosamente en forma de pirámide perfecta, con hilo grueso del que usaban en la tabacalera para que quedara seguro y que el papelote no perdiera el balance cuando anduviera volando. Y cuando estaba listo, de nuevo a integrarse al chavalero y aprovechar el vientecito para soltarlo y escuchar los gritos "dale hilo, dale hilo", "dejalo ir" y el grito del chavalo de al lado "hacete para allá para que no me lo volvás a enredar", y uno pensando: “ojalá no se me reviente" porque el hilo era caro donde don Cesar Rodríguez y en cualquier venta y la mama no siempre nos daba el chelín que costaba el jodido hilo.

Y si alguien no tenía pericia para hacer sus propios papelotes entonces podía ir a comprárselos a don Carlos, aquel hombre solitario, alto y muy delgado que vivía en uno de los ruinosos y antiguos hornos de tabaco que estaban muy cerca de la Calle Nueva, y de quien, según advertencias de adultos, debíamos mantenernos alejados pues si no lo hacíamos, saldríamos de los hornos, contagiados de su tuberculosis, sin embargo aquellas recomendaciones jamás fueron atendidas por muchacho alguno y don Carlos siempre estuvo rodeado de chigüines que lo escuchaban contando sus cosas de juventud, mientras terminaba de hacer la lechuza o el barrilete de colores. Él, con su delgadez y su soledad, viviendo dentro de aquella antigua estructura hecha para secar tabaco, era el Quijote de la Mancha de mi niñez. Su figura alargada y el paisaje del horno en ruinas que parecía un molino sin sus aspas gigantes, me hacía imaginar que él también había luchado alguna vez, contra molinos de viento. Don Carlos cobraba cincuenta centavos por un barrilete y treinta por una lechuza. Pero si no se le compraban a él, había otros que los hacían por encargo como Boanerges y Chungo Molina, que eran unos chavalos más grandes y los dejaban muy bonitos. Pero, hasta en las pulperías los vendían.

Recuerdo una vez que mis amiguitos y yo nos enrumbamos hacia la Calle Nueva, cada uno con su papelote, Mario Mena nos comenzó a decír que le enviaría un telegrama al Niño Dios, lo repetía y lo repetía.  Él hablaba mucho, pero ese día lo hacía con más insistencia, tanto que logró que Carlito Blandón le gritara “ya pues, hombre, si ya lo dijiste mil veces” y eso hizo que Mario ya no volviera a decir nada, pero siguió extraño el resto del camino caminando más de prisa que de costumbre.  Al llegar, fue el primero en soltar su papelote: el rollo de hilo deshilvanándose y el viento llevándoselo lejos. Sólo paraba de darle hilo, cuando lo miraba volando muy bajo para levantarlo con tres o cuatro jalones, y volvía a soltar el hilo y después otra vez los jalones, hasta que todos vimos el puntito rojo del papelote allá en lo alto, chiquitito, chiquitito.  Sin perder tiempo, Mario se metió el rollo casi vacío del hilo en la bolsa del pantalón chingo y murmuró, como para que nadie lo escuchara: “voy a poner el telegrama”. Y sin mirarme me pasó el papelote para que lo sostuviera y ya con sus manos libres, rompió con los dientes el hilo que salía de su bolsa y se concentró en insertar una de las puntas en agujero del papel que ya traía preparado, anudó las puntas y tras finalizar su operación, de nuevo se hizo cargo del juguete. El viento fue llevándose el papel que se deslizaba en el hilo. Mario, no paraba de vernos con su sonrisa nerviosa, extraño y misterioso. Pronto el papel dejó de verse. Todo siguió sin novedad hasta que vimos el papelote cuchareando, libre en el viento, a la deriva, como huyendo rebelde de su dueño.  El grito de Mario nos convenció a todos, “¡Se reventó!” y lo vimos correr mientras decía “recupérenme el hilo, recupérenme el hilo ”. Tres chavalos más se fueron detrás de él. Más tarde nos dimos cuenta que el papelote había caído en medio de la calle a una cuadra de la casa de Mario, que unos chavalos habían llegado antes y que tras leer el telegrama no habían parado de reír. Lo malo fue que Mario les pidiera el papelote porque entonces todos supieron quién había escrito la nota. “Querido Niño Dios, que la Mariya seya miya”, lo peor fue que había puesto el apellido de la niña, como si el niño Dios fuera tonto para no saber cuál María era, de las tres que habían en el barrio. Esa noche, alguien muy maldoso, fue a dejarle el telegrama a la mama de la María y la señora buscó el mecate y sin contenerse ante los insistentes, “yo no sé nada” que gritaba la niña, le dio un montón de mecatazos. Los gritos se escucharon hasta por mi casa. Mario pasó un año sin unírsenos para elevar papelotes porque en la calle nueva a cada rato los chavalos gritaban “le voy a mandar un telegrama a la Marilla para que seya miya”.

 Pero además de los papelotes estaban los globos de fuego que se inflaban para dejarlos ir en la noche y plantar una estrella nueva en el cielo.  Un grupo de chavalos ya mayorcitos, entre los que se encontraban Boanerge y Chungo Molina, se juntaban para inflar con humo los globos hechos de papelillo. La calle se llenaba de gente para ver el espectáculo. En medio del bullicio, en la noche apenas iluminada con el bombillo amarillo que colgada en lo alto del riel de la esquina, un grupo de cinco o seis chavalos se coordinaban para inflar el globo. Cada uno sabía que lo más importante era la acción cronometrada, pues la falla de uno podía echar a perder el globo. Dos estiraban el papelillo procurando darle la forma redonda mientras en cuclillas otro encendía el candil de querozén que estaba fijo en la boca del globo, otros dos chavalos pegaditos hacían una cortina para evitar alguna ráfaga de viento que lo hiciera coger fuego y el último soplaba para que el humo caliente llenara los vacíos en el interior. En la tarea, todos estaban concentrados, pero sin dejar de darse indicaciones unos a otros, cuidando el papelillo de la llamita que amenazante bailoteaba haciendo bailar las sombras de los que rodeaban el globo. Más allá de las sombras, el montón de curiosos expectantes. Y de repente el globo ya se miraba como una enorme bola de fuego sostenida por los chavalos. A esa hora los gritos de niños y adultos eran un coro desordenado en medio del resplandor rojizo. Y cuando llegaba el momento propicio, con la medida exacta del viento, contaban hasta tres y lo soltaban. La gritería se podía escuchar por el parque o por el Restin y por todo el pueblo, mientras lo veíamos volar sobre los tejados. Elevándose, elevándose, y la gente viéndolo desde todas las calles, saliendo de sus casas y parándose en las aceras altas para no perderse el espectáculo, como si lo que vieran fuera eclipse de luna o una lluvia de estrellas. Y el globo se iba alejando hasta convertirse en una pequeña lucecita amarilla de fuego en el cielo negro. "Parece un avión" decía alguien mientras la bolita relucía en la noche, titilante y pequeñísima, y se confundía con alguna estrella. En medio del chavalero, siempre había uno que inventaba que un globo de esos había llegado a Estados Unidos y que otro había caído sobre una casa, que la casa había agarrado fuego y que los dueños ni tiempo a despertarse tuvieron y que eso había aparecido publicado en un periódico.

Masaya. 1 de octubre de 2013.

 

 

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