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Orlando Ortega-Reyes : IDEAY, PUES ~ Apuntes sobre la nicaraguanidad

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Pintura por números

Después de varios meses de trabajo logré sacar la primera edición de mi libro “Ideay, pues” “Apuntes sobre la nicaraguanidad”, que recoge los artículos que publiqué en este blog “Los hijos de septiembre” en el período 2007-2014.  Decidí realizarlo a través de Create Space que es una plataforma de publicación independiente, en la cual no se requiere realizar inversión financiera alguna y que tiene la ventaja de distribuir los libros a través de ella misma y de Amazon y varias librerías en línea en todo el mundo.  Lo anterior, debido a que realizar la publicación a través de una editorial local requiere de un considerable esfuerzo de negociación y gestión, muchas veces infructuoso y lanzar una edición privada es muy costoso.  Por otra parte consideré que si es posible que una persona luzca en la pasarela de Galerías Santo Domingo un blue jeans que le envió un pariente desde los Estados Unidos con una marca de moda y que al final, al observar la etiqueta, se advierte que fue confeccionado en una zona franca de Nicaragua; asimismo, es factible que puedan recibir un libro desde el país del norte.

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A continuación, comparto con ustedes el escrito que a manera de prólogo introduce la colección de artículos del libro:

“En mi adolescencia mi padre me alentó a aficionarme a la pintura por números.  Lo hizo más que nada para mantenerme ocupado; yo en cambio lo hice por el impulso de superar un reto, pues ambos sabíamos que la pintura jamás sería lo mío.  Comencé con un cuadro de un niño al estilo Tom Sawyer y finalicé con un cuadro de tamaño considerable que reproducía La última cena de Da Vinci.  Aquella técnica de pintura, si pudiera llamarse técnica o peor aún, pintura, hacía que uno se concentrara en las pequeñas áreas numeradas, de tal forma que si se respetaban los límites y se aplicaba correctamente el color que determinaba el número,  al final, entornando un poco los ojos y echándole producto de gallina, se podía adivinar aquella obra maestra de Leonardo. En ningún momento tuve en mente la escena en sí de la última cena, alguno de los personajes, ni siquiera las patas de la mesa, sino que mi atención estuvo puesta exclusivamente en aquellos pequeños mapas numerados.   Mi padre como un gesto de reconocimiento a mi esfuerzo, colocó mi obra terminada en el comedor, que era el sitio recomendado para este cuadro y ahí se mantuvo por cierto tiempo, hasta que, como si contuviera algún código oculto, misteriosamente desapareció de mi casa.

Algo parecido me ha sucedido con una serie de artículos que he escrito en los últimos ocho años para un blog que denominé Los hijos de septiembre y que gira alrededor de esa esencia que llaman nicaraguanidad.  En esta ocasión, me centré en cada artículo basado en las vivencias que flotaban en mi memoria, algunas de ellas nebulosas y que con el invaluable apoyo de mi familia y amigos cercanos, pude acercarme a la realidad de los hechos.  A diferencia del caso de la pintura, debo de admitir que he sentido que la escritura sí puede ser lo mío, y con la determinación del Correggio al exclamar: Anch´io sonno pittore me lancé a la elaboración de mis artículos en los que he puesto toda la pasión que la vida y su costo, desde luego, me han permitido.  En este esfuerzo me han animado, en primer lugar mi familia, luego la cantidad de visitas al blog, los mensajes positivos que he recibido y las visitas que de vez en cuando realizan afamados escritores y más de un periodista.  El caso es que al observar una selección de esos artículos como un todo, al igual que aquel mi esfuerzo de la Ultima Cena, pueden apreciarse los rasgos fundamentales de la nicaraguanidad.  A mi favor, podría agregar que a diferencia de la magnífica obra de Santa María de la Grazie, ningún autor ha podido plasmar la identidad del nicaragüense con la maestría que Leonardo puso en su emblemático cuadro.  Podría ser que no es comparable una escena, un tanto estática, con la tremenda dinámica que ha ofrecido la esencia del nicaragüense en los últimos doscientos años.

Así pues, ese panorama que observé en el conjunto me empujó a ordenar los artículos y compartirlos en el presente libro, de tal forma que el lector tenga al final, una idea general de la nicaraguanidad y su dinámica en los últimos años.   Asimismo, en estos escritos he tratado de guardar un estilo desenfadado, pues no le luce a este tema lo grave y riguroso.  Así pues el lector encontrará una lectura amena que lo conducirá de la mano suavemente hacia el asombroso mundo del nicaragüense.  Debo advertir sin embargo que el humor contenido en mis escritos puede tacharse algunas veces de irreverente, pero en este sentido, prefiero esa etiqueta que escatimarlo.

Para facilitar su lectura he clasificado los artículos en cinco apartados que reflejan igual número de temas fundamentales en el conocimiento de la nicaraguanidad.  Sin que signifique prioridad alguna, se me ocurrió iniciar el libro con el tema del lenguaje del nicaragüense, con sus diferentes matices y colores y que bajo el título de Ideay, pues, expresión tremendamente nicaragüense, le da también el nombre a toda la obra.  El castizo refrán: Barriga llena, corazón contento tiene un significado especial por estos lados, pues los exponentes de la comida local han tenido un gran arraigo entre la gente, de tal forma que es tema insoslayable en cualquier intento de esbozar su identidad, de esta manera, el segundo apartado trata sobre gastronomía nicaragüense bajo ese paremiológico título.   Indudablemente la diversidad de caracteres que acusan los nicaragüenses hace obligatorio un recorrido por los personajes que han llegado a ser emblemáticos en la conciencia colectiva y que ocupan el apartado denominado Todos somos Lisímaco.  Otro aspecto relevante en esta exposición lo constituyen los rasgos fundamentales del nicaragüense, sus virtudes y defectos y que están agrupados bajo el título de Somos así, relacionado con una anécdota que abre el capítulo.  Finalmente he incluido una serie de anécdotas diversas algunas de las cuales llegarán a asombrar al lector y que de ahí el título Cosas veredes.

Es probable que después de machetearse este libro,  el lector no alcance los créditos suficientes para graduarse en nicaraguanidad, sin embargo, los que tienen la suerte de vivir por acá gozarán al reconocer muchas situaciones planteadas y en varias ocasiones se enfrentarán a un espejo.  Para los hermanos lejanos que sufren el agridulce sabor del exilio, sentirán la nostalgia del terruño que no dejan de añorar y los extranjeros, sentirán el gusanito de darse una vuelta por este maravilloso país.  Lo que sí le puedo garantizar es que no se van a aburrir y llegarán al final con un dulce sabor de boca.”

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