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NICA-ESTADOUNIDENSE

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Conozco una mujer extraordinaria que nació hace más de 30 años en Nicaragua y siendo una bebita de dos años, se trasladó a Estados Unidos con su papá y mamá. Desde entonces ella, su hermana y sus padres viven en aquel país, manteniendo el abrazo con el terruño en viajes de vacaciones esporádicos, cada vez que el trabajo, los estudios y demás ocupaciones, se los permiten.

Lo especial de esta familia es que siempre han mantenido sus raíces nicaragüenses, y que cada segundo, cada instante, lo han dedicado a cultivar ese orgullo entre todos, con amor y con respeto. Ya son muchos años, pero cada uno de ellos sueña con sus volcanes, sus lagos, sus pueblos de polvo y piedra, sus playas, su pólvora de diciembre; sus fritangas, rosquillas, tortillas con gallopinto o frijoles parados; su chicha de maiz, pozol o pinolillo; su quesillo, nacatamales, yoltamales, güirilas; sus piñatas, canciones de marimba, sus bailes, su Cumbia chinandegana, su verano calor de infierno.

El amor de esta joven por sus raíces la hizo especializarse en la lengua de sus padres y hoy es maestra de español en Los Angeles. Y no es que ella reniegue del amor por su otra patria Estados Unidos, ella también adora ser estadounidense, pero ella sabe exactamente cuál es la diferencia y comprende muy bien que no hay traición en eso. Y es que la fortaleza de todo inmigrante en función de su colonia, está en lograr mantener la cohesión alrededor de sus raíces, de su cultura, tradiciones, luchas, historia, idioma, religión, música, literatura, etc. Eso es lo que han hecho en Estados Unidos, los italianos, los chinos, los irlandeses, los hindúes, los mexicanos, solo para dar unos pocos ejemplos, que han mantenido y defendido su cultura a lo largo de los años.

Ojalá todos nuestros coterráneos entendieran lo importante que es eso, que comprendieran que su obligación es transmitir a sus hijos estos valores que equivalen a honrar a la madre, a darle valor a la patria original, a llenar el lado de la balanza que las escuelas estadounidenses no pueden llenar, tal como lo hicieron estos dos amigos míos con sus hijas. Sé que la mayoría lo hace, pero sé también que muchos descuidan estos detalles, y lo peor es que muchos reniegan de sus orígenes aun cuando su rostro de canela, su pelo ennochecido y su estatura pequeña, se encargan de recordarles en el espejo, que siempre serán más de este lado que del otro. Ojalá todos, como es el caso de esta familia, comprendieran que jamás podrían ser más estadounidenses de lo que son, aún si olvidaran su niñez de calzón chingo, su adolescencia de visitas al río, matiné y reuniones en la acera, aún si ya no recordaran sus domingos en el parque o sus compañeros de colegio, aun si hubieran borrado de la memoria la fiesta y la bailada que se pegaron en la sala de una vieja casona, un patio cercado, un beneficio de café o una calle cerrada para ese propósito; Jamás podrían ser más estadounidenses aún si sacaran del recuerdo las perreras de futbol en el barrio, los apagones, las atoleras, las carreras de cinta, y las idas domingueras a misa; o la serenata de guitarra con boleros, y las visitas a los tíos del campo;jamás podrían ser más estadounidenses, aún si olvidaran la Palomita Guasiruca, la Nicaragua Nicaragüita o el himno nacional.

Hoy aplaudo a todos esos nicaragüenses, que por encima de diferencias políticas, religiosas, o lo que sea, han priorizado a Nicaragua en el corazón, aun sabiendo que su eterno sueño de regresar, es un sueño irrealizable pues las nuevas raíces con los años se han vuelto demasiado grandes y profundas en los hijos, en la empresa, en los amigos, etc. Aplaudo a esos nicaragüenses, que han puesto su sangre azulyblanca a correr en los hijos que nacieron allá. Aplaudo a los nicaragüenses, inmigrantes en el país cualquiera, que al momento de irse no le dijeron adiós a la patria, porque se la llevaron con ellos.

La joven de quien les hablo, recientemente hizo su examen para obtener su ciudadanía estadounidense, Trump la hizo pensar que era necesario. Pero estoy seguro que para ella no habrá diferencias cuando se la aprueben, se sentirá igual que antes, será oficialmente ciudadana estadounidense, pero eso no variará en nada el orgullo que siente por su origen. La ciudadanía no le cambiará el color de su pelo hermosamente negro, ni el de su piel, ni mejorará su perfecta sonrisa de mujer latina con hermosos ojos verdegrises. La ciudadanía no cambiará sus gustos por su Nicaragua y muchísimo menos el amor que siente por ella. Ella seguirá con su identidad firme, unida al resto de estadounidenses que se sienten felices de sus raíces latinoamericanas, orgullosa como hasta ahora, transmitiéndole a su pequeño hijo de casi siete años, nuestra cultura, con el mismo orgullo y respeto que sus padres se la transmitieron a ella.


Juan Ramón Falcón

Masaya, 25 de abril de 2017

 

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